Rajoy y la inconcreción como norma

La enumeración de generalidades de Mariano Rajoy suscitó el apoyo de Gerardo Díaz Ferrán, que probablemente es el menos recomendable en este momento: nadie se explica que siga al frente de los empresarios españoles después de lo que ha ocurrido con sus empresas; la única explicación posible es que nadie quiera ese cáliz.

El caso es que Mariano Rajoy no dice lo que piensa ni lo que hará y mucho menos lo que propone. Ocultar un programa siempre hace surgir la sospecha de lo peor. Pero además ahora las tornas se están cambiando: José Luis Rodríguez Zapatero, permanentemente atacado por no hacer nada, está haciendo muchas cosas y no todas le salen mal. Resulta que la señora Merkel, homóloga de Mariano Rajoy en Alemania, utiliza recetas todavía más drásticas en algunos casos que el propio Zapatero. Y David Cameron, que tampoco anunció antes de su victoria las medidas de ajuste que ahora está tomando, ha subido hasta el IVA, que es la bestia negra de Esperanza Aguirre y del PP en su conjunto.

Es cierto que de resucitar a un muerto no se tienen noticias desde la de Lázaro, pero el presidente Zapatero se está dando un suspiro con la firmeza de sus medidas impopulares. Ahora quien queda a la deriva es el PP porque no dice lo que hará y no se lanza a la moción de censura por su soledad parlamentaria y ha dejado de pedir elecciones anticipadas.

El “tancredismo” es un ejercicio taurino de muy poco rato: cuando se observa que el toro ignora al quien está hierático en la plaza, el público pide cambio de tercio. En política ocurre lo mismo; los discursos hueros y reiterativos agotan porque la falta de contenido conduce al vacío emocional y la reyertas terminan también por aburrir.

María Dolores de Cospedal se está convirtiendo en una caricatura de sí misma; una especie de reverso de Leire Pajín: las dos tienen el discurso en el disco duro y al apretar el botón suena la voz ya casi como la de los GPS cuando anuncian un giro en un cruce. Si el PP no actúa, el teatro se puede quedar vacío.

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