Enjambre afgano

España no está haciendo la guerra en Afganistán. Quienes tras cada muerte de un soldado español extienden ésta tesis no sólo ofenden la inteligencia y la verdad, sino también la memoria de quienes han sido asesinados. Así lo dice la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que creó en 2001 la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF), y el trabajo realizado durante estos años por nuestros soldados en Afganistán en el marco de esa misión así lo demuestra.

Gracias a ellos, miles de ciudadanos de aquel país disfrutan ahora de luz, agua corriente, escuelas, hospitales e infraestructuras que antes no tenían. Esta verdad es compatible con el reconocimiento de que el conflicto bélico que vive Afganistán desde que EE.UU. emprendiera su operación militar Operación Duradera si no es técnicamente una guerra se le parece mucho.

Esta operación militar lanzada por el gobierno de Bush tras los atentados de las Torres Gemelas tiene un encaje más nebuloso en las resoluciones de la ONU que reconocen el derecho a la legítima defensa y que consideraron aceptable una respuesta proporcionada a los terroristas. Pero aun dando por válida esta cobertura legal, el desastroso resultado de algunas de las operaciones militares lanzadas en los últimos tiempos deslegitiman la actuación del Ejercito estadounidense. El pasado mes de agosto, con el fin de acabar con un líder talibán, emprendió una acción aérea en la que murieron cien civiles afganos, entre ellos 60 niños y 15 mujeres, sólo por poner un ejemplo.

De esta forma, como en el mito de Penélope, la ISAF y las fuerzas militares de la Operación Libertad Duradera van tejiendo y destejiendo las redes de apoyo de la población civil afgana, despertando simpatías o alimentando la rabia respectivamente, circunstancia que están aprovechando los terroristas talibanes para extender su influencia social y sus acciones criminales sin discriminar uniformes.

Afganistán es uno de los enjambres heredados que tendrá que desactivar el presidente Obama cuando tome posesión de su cargo. El pasado verano, en un artículo publicado en The New York Times, apostaba por incrementar la presencia americana en aquel país con unidades de combate más especializadas, sí, pero también con personal civil y con agentes de Inteligencia que luchen de manera más eficaz contra un enemigo que no es un ejército regular sino una organización terrorista.

Un cambio de estrategia que sumado a la proclamada vuelta al multilateralismo en las relaciones internacionales de EE.UU.

puede suponer un giro sustancial que permita conseguir lo que se pretendía: estructurar el país, desactivar a los talibanes y proporcionar seguridad y democracia a sus ciudadanos. Los meses venideros dirán si este cambio de estrategia se produce. Y en virtud de lo que suceda, España deberá entonces replantear su presencia en Afganistán.

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